LA DESMESURA DE LO ESTÉTICO

Cuando el profesor de la Universidad de Frankfurt, Alexander Gotlieb Baumgarten, publicó su Aesthetica en 1750, connotándola como Ciencia Particular de la Belleza, descubrió un continente nuevo (que ya existía) dentro de la filosofía occidental. Y al mismo tiempo abrió más preguntas que las que quiso contestar.
En todo caso, me parece necesario aclarar, desde el comienzo, que yo no creo que la Estética sea una Ciencia, y tampoco espérese de estas palabras introductorias una historia en forma. Voy a insistir en ciertos momentos que me parecen claves.
En el occidente, es Platón el hombre de los comienzos: cuando en el Hipias Mayor, Sócrates le contesta a éste, que lo Bello no es cualidad particular de mil objetos distintos, sino, éstos son hermosos porque existe la Belleza misma, puso la piedra angular de toda Estética futura, que él continuó desarrollando a través de Fedón, Fedro y El Banquete, cual iniciación a la Belleza por medio del Amor.
Y no deja de ser sorprendente que quién abre este camino sea una mujer, de Nantinea, experta en Eros, Diótima, que enseña al joven Sócrates que: “con el amor pasa lo mismo que con la palabra poiesis (poesía), que tiene numerosas acepciones: representa muchas cosas. En general, llámase poesía (creación, construcción) la causa que hace pasar las cosas del no-ser a la existencia, y por ello las creaciones en todas las artes son poesía, y los artistas que las hacen, poetas”.
Cuando Sócrates le solicita especificar cuál es el acto particular en que el buscar con ardor lo bueno toma el nombre de amor, ella le contesta: “es el alumbramiento (la producción) en la Belleza, tanto con el cuerpo como el espíritu…cuando el ser deseoso de procrear se acerca a lo bello, tórnase gozoso y en su alegría siente un desvanecimiento delicioso que le hace derramarse, y entonces alumbra y procrea…la unión del hombre y de la mujer es un verdadero alumbramiento en el que hay algo de divino, puesto que gracias a la fecundación y a la generación el ser mortal participa de la inmortalidad” (Obras Completas de Platón. Tomo IV, Ediciones Ibéricas, Madrid, 1962). Esto es, la Belleza comienza codeándose con la eternidad en lo desmesurado, pero no en lo informe.
Se puede comprender la complejidad de la belleza porque ésta sólo se hace presente en una unidad inescindible de esencia y apariencia: aunque lo bello no pertenece a la categoría de la apariencia no se puede presentar solo, sin el acompañamiento del velo de la apariencia; al revés, se logra aprehender la belleza solamente atravesando el velo, pero sin levantarlo totalmente o destruirlo, tal vez sólo entreabriéndolo; en todo caso atravesándolo con una instantánea visión de los ojos de la mente, que, en una operación de silencio productivo o ensimismamiento activo, permite que la contemplación sensitiva de lo bello sufra una metamorfosis, capaz de producir una visión o audición de la belleza o una recreación de ella. Efecto que pasa necesariamente a través de un gran esfuerzo intelectual y subjetivo, por la superación de la forma de contemplación del
ingenuo, que piensa la intuición de la belleza como algo secreto. Éste se conforma con permanecer en el misterio, y no atraviesa el velo, porque para él es símbolo de la Belleza y lo ve como algo fácil y simple, que no cuesta ningún esfuerzo o trabajo. En cambio, gran trabajo cuesta atravesar el velo de la apariencia, sin romperlo – dado el hecho que la Belleza se esfuma cuando la abandona la apariencia – y poder contemplar su permanente equilibrio inestable.
Diversas etapas
Después Aristóteles trata de sistematizar las ideas estéticas de Platón, y afirma en La Política: “No se busca lo útil y lo necesario sino en vista de lo Bello” (VII-12-8), que para él es inmanente.
El siguiente punto básico en la elaboración filosófica de la Estética, corresponde a Kant (1724-1804), por medio de su Crítica del Juicio, en la cual el sentimiento estético reside en la armonía del entendimiento y de la imaginación, punto de contacto en que se concreta el Geist creador.
Tomando en cuenta las grandes contribuciones de Schiller (1759-1805), Schelling (1775-1854) y de Denis Diderot (1713-1784) sobre los “salones parisinos”, con su crítica del academicismo y como creador de la crítica de arte, en la filosofía clásica alemana, comparece Hegel (1770-1831) con su Estética, comprendiendo De lo bello y sus formas, Sistema de las artes y Poética, como el más grande creador en Estética de todos los tiempos. Para él, la Belleza se extraña en la aparición sensible de la Idea, que pasa a constituir a la obra de arte como unidad de contenido y forma. En este punto se interceptan las ideas estéticas de Marx, que son valiosas, pero que bajo el stalinismo fueron codificadas bajo el nombre de Estética Marxista. Desde luego que yo no creo que existan recetas marxistas para crear estéticamente, porque no existe una correspondencia entre un procedimiento artístico y una ideología y porque hay que partir de la base que no se comprendería la música de Hans Eisler sin la revolución serial de Schöenberg, o a Shostakovic sin la música de Gustav Mahler, o a Kurt Weil-Dessau-Brecht sin el jazz o Hindemith o a la alta poesía de Alexander Blok sin el simbolismo. Todo esto no quiere decir echar al olvido valiosas ideas estéticas de Marx, como su definición de arte en tanto “la más alta alegría que el hombre se proporciona”, o su inquietud por el valor permanente de las obras de arte griegas, a su concepción de que el creador concibe el contenido y la forma simultáneamente, dentro de un contexto social.
Ya en el siglo XX la Estética se hace infinita, en cuanto a filósofos y a creadores, y de ellos sólo mencionaremos a Etienne Souriau,
autor de Avenir de l’esthétique
(P.U.F, 1929), donde llega a concluir que, “el saber específico puesto en juego por el arte es el conocimiento de las formas de la cosas” (p.167) y tal vez es la hora de mencionar a John Keats A thing of beauty is a joy for ever (Una cosa bella es una alegría (deleite, júbilo) para siempre) con que tocamos uno de los puntos álgidos de la desmesura de lo estético, porque nos enfrenta a la eternidad.
Dos contribuciones
contemporáneas
Llegamos al momento de esta exposición en que se hacen presente dos obras que creo que hay que tener en cuenta: a) Gloria de Hans Urs von Baltasar (Jaca Book, Milano, 1986, 3 volúmnes) que nos presenta el arte de orientación cristiana desenvolviéndose a través de las distintas épocas históricas, con la alta cumbre de San Juan de la Cruz, dentro de la concepción que ve: “el desarrollo de la humanidad y del cosmos en dirección al cósmico cuerpo de Cristo” (p. 265 del tercer volumen), y en que la alteridad se da en el salto del hombre a la humanidad, gratuitamente y b) La leyenda del arte moderno de Dore Ashton (Feltrinelli, Milano, 1982) que
analiza el despuntar de la pintura abstracta ya en 1834, en la obra de Balzac Le chef d’ouvre inconnu (Flammarion, 1981), en la cual, Frenhofer muestra a François Porbus y a Nicolás Poussin, un cuadro en que lleva trabajando 10 años. Eran (cito) “colores amontonados, uno sobre otro, confusamente y
contenidos en una multitud de líneas bizarras que forman una pared de pintura… aproximándose, ellos percibieron en un rincón de la tela la punta de un pie que salía de este caos de colores” (p.69). Comenta Dore Ashton: “Descripción hábil de un cuadro abstracto” (p.23). También se refiere a Rilke y la obra de Cézanne-Rodin, a la relación Picasso-Frenhofer y los aportes musicales de Arnold Schönberg, Alban Berg y Anton Webern.
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